
Imaginemos una escena ancestral: una mesa de madera cubierta con herramientas de piedra, madera y cerámica, utilizadas para fabricar sellos. Estas piezas, hábilmente decoradas con grabados geométricos, zoomorfos y antropomorfos, reflejaban la cosmovisión de un pueblo. Algunos sellos eran planos, mientras que otros tenían un diseño cilíndrico, permitiendo una impresión continua sobre textil o piel.

Los artesanos aplicaban los sellos sobre tejidos de algodón extendidos en el suelo. La arcilla, mezclada con pigmentos naturales extraídos de plantas y minerales, se adhería a la tela, formando patrones de gran significado. Estas estampas conferían un carácter sagrado a las vestimentas de líderes y sacerdotes. También eran utilizadas por los guerreros, quienes imprimían en su piel figuras protectoras antes de la batalla.
Escenarios como este pudieron haber sido parte de la vida cotidiana en la cultura Jama Coaque (350 a.C.-1532 d.C.), que floreció en la Costa ecuatoriana. Su cerámica avanzada, sus complejas estructuras sociales y su profundo vínculo con la naturaleza dejaron un legado artístico que refleja su cosmovisión y estilo de vida.
Este legado prehispánico llamó la atención de Ruth Simaluiza, quien desde sus inicios en la investigación se propuso recuperar y visibilizar la riqueza de estas culturas. “Mucha gente piensa que la historia de Ecuador comienza con los incas o con la llegada de los españoles, pero antes de ellos existieron pueblos con una inmensa riqueza cultural y artística”, señala.
Más que un trabajo académico, su investigación se convirtió en un viaje personal de redescubrimiento. “Cada hallazgo me llevaba a otro. Esta experiencia me reconectó con mi identidad y con la grandeza de nuestro pasado”, reflexiona.

La cultura Jama Coaque, con su desarrollo artístico y comercial, pudo haber influido en otras sociedades costeras a lo largo del tiempo. Sus conocimientos en cerámica y textiles se difundieron a través de redes de intercambio. Más tarde, los Manteño-Huancavilca (500-1532 d.C.), que se extendieron en la Costa ecuatoriana, destacaron por la construcción de grandes centros urbanos y por una cerámica de notable sofisticación iconográfica. Su economía se basaba en el comercio marítimo, controlando rutas que los conectaban con Mesoamérica.
Es importante destacar que estas dos culturas, al estar ubicadas hacia el océano Pacífico, fueron en gran medida inaccesibles tanto para los incas como para los españoles. Posiblemente esto permitió que sus rasgos artísticos conservaran su esencia sin influencias externas significativas.
Para Simaluiza, el estudio de la iconografía precolombina es una forma de reconstruir la identidad cultural ecuatoriana. Su investigación la llevó a analizar piezas resguardadas en la Reserva Arqueológica del Centro Cultural Libertador Simón Bolívar (Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo, MAAC) del Ministerio de Cultura y Patrimonio de Guayaquil. Allí identificó patrones recurrentes en los sellos precolombinos. “Lo que más me sorprendió fue la precisión geométrica con la que trabajaban. Utilizaban cuadrados, círculos, triángulos y rectángulos con una técnica tan avanzada que pareciera que tenían un conocimiento profundo de la geometría. Hoy podríamos compararlo con programas como GeoGebra”, comenta.
El arte contemporáneo y la iconografía precolombina
En el ámbito artístico, varios creadores han reinterpretado los símbolos precolombinos en sus obras, estableciendo un puente entre el pasado y el presente. Aníbal Villacís (1927-2012) exploró la simbología ancestral con una línea abstracta informalista. Enrique Tábara (1930-2021), a partir de los años sesenta, incursionó en la tendencia denominada precolombinismo, caracterizada por el uso de la geometría y que lo llevó a formar parte del grupo VAN (Vanguardia Artística Nacional). Estuardo Maldonado (n. 1930) incorporó símbolos precolombinos en esculturas y pinturas, reinterpretándolos mediante la Geometría y la abstracción. Finalmente, Mariella García Caputti (n. 1960) ha trabajado en la resignificación de sellos y motivos indígenas, estableciendo una conexión entre la iconografía ancestral y las narrativas visuales contemporáneas.
Simaluiza señala que aunque el uso de recursos precolombinos en el arte fue una tendencia en su momento, no logró consolidarse como una corriente artística establecida, al estilo del Impresionismo o el Expresionismo. Según la investigadora, este enfoque quedó limitado a un grupo de artistas que exploraron la estética precolombina sin llegar a conformar una escuela o movimiento definido.

Asimismo, destaca la importancia del trabajo interdisciplinario en su investigación: “Iliana Herrera trabaja el tema de los tintes naturales; Gabriela Punín se enfoca en los materiales; y yo en el análisis de la imagen”, explica. Este enfoque permitió abordar la iconografía desde múltiples perspectivas, combinando el estudio de los patrones visuales con la aplicación de técnicas ancestrales en textiles y materiales contemporáneos.
Según Simaluiza, este tipo de investigación busca rescatar el simbolismo precolombino y también dar un nuevo sentido en el diseño, el arte y la artesanía actual. “La idea no es simplemente replicar lo que existe, sino generar nuevos diseños a partir de los mismos patrones”, concluye.
La iconografía precolombina sigue vigente como una herramienta de identidad cultural, preservando su significado original y permitiendo nuevas interpretaciones en el arte y el diseño ecuatoriano. Como reflexiona Simaluiza: “necesitamos reconciliarnos con nuestro pasado para proyectarnos hacia el futuro. No podemos olvidar nuestras raíces ni relegarlas a los museos. Debemos integrarlas en nuestra vida cotidiana y darles un nuevo sentido”.